domingo, 2 de mayo de 2010

La naranja mecánica: el poder de decisión

Llevaba tiempo queriendo plasmar en palabras una reflexión que gira en torno a la gran producción de Kubrick, una película que ha sentado precedente en el mundo cinematográfico, puesto que tiene como director a uno de los, desde mi punto de vista, más grandes cineastas de los últimos tiempos, junto con Tarantino, Eastwood, Woody Allen….


Pero dejemos ya de hablar de cineastas y centrémonos en este film en particular. “La naranja mecánica”, obra de Anthony Burguess y llevada a la gran pantalla por Kubrick, nos presenta, bien perfilados, unos protagonistas de lo más particulares: un Alex que encarna los valores del antihéroe: listo, violento, manipulador, con una patológica afición a Beethoven, un tanto loco… y los compinches de éste: traicioneros, estúpidos, violentos…





Pero dejemos ya de hablar de cineastas y centrémonos en este film en particular. “La naranja mecánica”, obra de Anthony Burguess y llevada a la gran pantalla por Kubrick, nos presenta, bien perfilados, unos protagonistas de lo más particulares: un Alex que encarna los valores del antihéroe: listo, violento, manipulador, con una patológica afición a Beethoven, un tanto loco… y los compinches de éste: traicioneros, estúpidos, violentos…

Alex y sus “drugos” son una banda de jóvenes que les gusta divertirse, pero lo hacen de una manera un tanto anómala: moliendo a palos a la gente con quien se encuentran, violando a mujeres… Es, sin lugar a dudas, una película “violenta” en tanto que sus protagonistas ejercen roles de vándalos redomados; ahora bien, no debemos confundir esta película con una apología a la violencia ni con las superproducciones de Hollywood del estilo de “Rambo”, nada más lejos de la realidad, pues “La naranja mecánica” guarda dentro de sí muchos mensajes e intencionalidades del autor.



Siguiendo con el argumento, un día, Alex es apresado por sus conductas criminales y extremadamente violentas, y es aprisionado. Allí, accede a someterse a un proyecto en fase de pruebas, que busca “remodelar” a los delincuentes, convertirlos en ciudadanos modélicos. Alex es bombardeado, incesantemente, con imágenes brutales, sádicas, crueles, y todo regado con la música de Beethoven, que acaban haciendo mella en Alex, resquebrajando su voluntad y convirtiéndole en un mero monigote, en alguien sin más objetivo que no hacer lo que ha visto en las imágenes. Dejemos ahora al argumento (recomendando enardecidamente a aquéllos que no hayan visto la película que lo hagan) y vayámonos ahora a la reflexión propiamente dicha, a los mensajes e ideas que nos deja Stan.

Podríamos hablar de la influencia de la música clásica en el protagonista, Alex, quien es un amante de ella y quizás en ella vea un camino de “redención”; podríamos hablar de las drogas, de las actitudes beligerantes y, en ciertas ocasiones, vandálicas de los jóvenes… Pero dejemos los tema “superficiales” y ahondemos en los dos puntos álgidos de esta producción: la política y la libertad.



¿Acaso no se cuece, mezclada en la vorágine de la trama, una aguda y lúcida crítica a la política? ¿Para qué sirve Alex, “reformado”, sino para convertirse en el estandarte de la oposición? ¿Acaso no buscan convertir a Alex en un mártir del gobierno, en una espada para lanzar una mortal estocada al actual gobierno? ¿Y qué se esconde tras todo ello? Una política superflua,, que sólo ansía el voto, que vaga sin causa alguna, escudándose en lo que sea para criticar e intentar destituir el gobierno, una política, al fin y al cabo, más entretenida en conseguirse unos meros y pésimos votos que no hacer bien las cosas.

¿Y qué hay detrás de la política? El poder. El mismo tema recurrente de siempre, parece que nos persiga, insaciable, vayamos donde vayamos, pues siempre le vemos protagonizando las actuaciones más deleznables. ¿Por qué los mercenarios de los votos se afanan tanto en conservar el poder? ¿Qué tiene éste que tanto atraiga a la gente? Yo no lo sé, pero lo que sí sabemos es lo que la gente es capaz de hacer por poder, como bien se muestra en la película, de la mano del “bueno” del escritor y sus compinches políticos.

Pero dejemos el tema de la política y centrémonos en el que más importa: el de la libertad. Cuando Alex, tras el proceso al que se somete, se convierte en alguien incapaz de cometer actos violentos, en alguien sin voluntad, en alguien sin más pretensiones que llevar una vida normal… ¿podemos considerar que Alex se ha convertido en un ciudadano modélico, en el ideal de comportamiento? No. ¿En qué se ha convertido, entonces, Alex? Se ha convertido en un mero títere, en un monigote de feria, en alguien cuyo fin último es arrastrarse entre estertores cuando intenta cumplir con su voluntad. ¿Acaso es deseable una sociedad así, una sociedad compuesta por gente manipulada, sin deseos realizables, sin voluntad? Sin duda alguna no. ¿Y por qué se nos encoge la tripa, se nos tuerce el gesto y nos cubre el rostro una expresión tétrica cuando vemos a Alex convertido en la cosa que más detestamos? Porque lo que nos presenta Kubrick ha dejado de ser un ser humano. Alguien incapaz de decidir, de pensar y de actuar acorde con sus ideales, alguien que no tiene libertad no merece ser considerado un ser humano, sino una mera cáscara vacía, sin más fin en la vida que doblegarse ante el yugo de la tiranía y del poder.


Pero analicemos la genial manera que tiene Kubrick de presentarnos la situación. En primer lugar damos con un personaje que encarna los valores más negativos de nuestra sociedad, alguien a quien sin lugar a dudas repudiaríamos, despreciaríamos e intentaríamos, por todos los medios, apresar. Sin duda alguna Alex no levanta en nosotros empatía, sino el contrario. ¿Pero qué nos sucede cuando pierde su libertad, cuando deja de ser hombre? Es entonces cuando Kubrick nos muestra que hasta el más deleznable de los hombres, hasta el más antisocial, violento y sádico individuo merece conservar cierta libertad, pues ésta es intrínseca al ser humano, está tan íntimamente ligada a él como la vida. E incluso sentimos dolor y empatía al ver que el personaje más deleznable imaginable pierde su libertad y lo vemos convertido en un mono de feria, en una cáscara.

La libertad, la posibilidad de elegir, de tomar nuestras propias decisiones, es uno de los bienes más preciados, y del que no debemos desprendernos. Siendo la pérdida de libertad algo involuntario, como el caso de Alex, o voluntario, como el de los miles que deciden delegar su poder en terceros. Cuando la libertad escasea corremos el riesgo de convertirnos en una sombra de lo que éramos, en una masa sanguinolenta que, entre estertores y flemas, nos arrastramos por el suelo en busca de una forma de huir de este malestar que nos reconcome por dentro al intentar cumplir con nuestra voluntad.

Y éste debe ser nuestro objetivo, nuestro estandarte, como antaño fue el de los románticos. Debemos luchar por nuestra libertad, y el primer paso es, precisamente, reconocer que sin ella dejamos de ser personas para convertirnos en unos títeres del poder.


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